La Cenicienta

por Noticias-i

…desde el Príncipe Azul.

El Principe Azul, como tal, vivía en un castillo grande lleno de prados donde salía a su bosque particular a tener aventuras con los nobles, que no eran más que semejantes que disfrutaban de las aventuras que generaban con su imaginación. Corriendo, montando a caballo, cazando y degustando de las delicias cocinadas por las la servidumbre, disfrutando del sol contemplando las nubes y viendo todo el territorio por conquistar a la distancia, y en sus tiempos libres construir y ver por el catalejos la luna y las estrellas.
Cuando el príncipe llegó a cierta edad contemplaba a las cortesanas deambulaban en el misterio del baile de mascaras bebiendo del vino mas deleitoso que facilitaba el intercambio de las delicias del mundo de los sentidos. Fue en uno de esos bailes donde conoció a  una bella joven extraña con belleza cautivante que nunca había visto de entre la nobleza que frecuentaba el lugar. Se aproximó, bailó con ella y quedó cautivado hasta que ella huyó dejando una zapatilla de cristal, que fue la única pista para encontrarla.
Pasó mucho tiempo buscándola y al encontrarle descubrió que para estar con ella tenía que recorrer reinos lejanos, luchar contra dragones, monstruos, enanos, hermanastras, manzanas y todo aquello que se interponían con sus sueños.
Por la fuerza, valor y energía que estos sueños le daban lucho con cuanto obstáculo y aventuras que se interpusieran hasta llegar a ella y desposarla.
Al ocurrir esto ambos se convirtieron en cabezas del reino, reino que se encontraba ya dividido entre los múltiples hijos de reyes de múltiples reinos quedándoles sólo una pequeña parte de tierra del básto territorio que alguna ves contempló. El ahora Rey lleno de sueños. quería hacer que su latifundio viviera en harmonía y con un sentido de comunidad rompiendo con esta división de clases, viendo los unos por los otros y en paz. Pero el pueblo era apático carente de expectativas, inundados por egoísmo e indivualidad que no permitía la convivencia.
La ahora Reina era feliz, por fin no tendría que luchar contra las inclemencias del clima, no tendría deberes domésticos, cuidaría de su salud y su hermosura para preservarla por siempre. Siempre y cuando el embarazo no modificara su escultural cuerpo. Y también le dedicaría toda su atención a los hermosos hijos que convertiría en Príncipes.
Poco a poco los ímpetus del Rey se desvanecían así como sus opciones de diversión, puesto que por su posición ya no se le permitía acudir a banquetes ni compartir el vino con cortesanas como aquella ves donde conoció a la ahora Reina. Tampoco podía salir a generar aventuras con los nobles ni contemplar las nubes para darles forma, las responsabilidades habían hecho que tanto él como el resto de los nobles se volcaran a sus deberes.
Deberes que después de un rato de levantarse todos los días a generar nuevas leyes para redimir a un pueblo que no quería ser redimido, abandonó. Y se salía a de la corte a caminar sólo a ver los pájaros comer la comida que le había preparado la servidumbre para luego ir a comer a escondidas de los platillos y bebidas de los plebeyos, hasta que dicha actividad le llevó nuevamente al hastío, junto con su físico que ya de nada le servía, y un cerebro que ninguna ley aportaría.
Intentó en un par de ocasiones usar el catalejos, pero descubrió que en el pueblo los plebeyos habían ya desarrollado nuevos y mejores y con instrucciones de armado, perdiendo él el interés en la experimentación.
Como buen Rey, había sido designado como tal por la gracia de dios, en cuyo camino confiaba y cuya ruta a la felicidad y salvación estaba plasmado en manuscritos antiguos que le habían sido transmitidos por su familia generación tras generación. Acudió con el antiguo Rey a descifrar dichos jeroglíficos y éste, ya confinado a ver el mundo desde el castillo, le transmitió el secreto para liberarse de la capa gris de aburrimiento que se depositaba sobre su espalda.
– La felicidad, hijo mío regresa con la descendencia, con continuar el noble linaje, ¡ya verás!
Y funcionó, tanto el Rey como su padre mantuvieron sus energías ocupadas en jugar y ver sonreír a los vástagos.
La reina les inculcaba a los príncipes cuentos de hadas y a contemplar la radiancia de una mujer plena y de los beneficios de la conquista el amor; esperar pacientemente a que aquella mujer que colme sus sentidos y lo llene de felicidad.
A las princesas, las enseñaron a explotar éste mundo de los sentidos, ocultando las imperfecciones entre maquillaje, sazonadores y mantos de seda teñida, de tal modo que otros príncipes pudieran ofrecerles por siempre cualquier cosa que les apeteciera, puesto que la sangre de los príncipes no era suficiente para alimentar todos los sentidos al mismo tiempo, y por tal no serían capaces de percibir detalles ni realidades.
Funcionó por un rato, hasta que el linaje se olvidó de ellos y se fueron a cazar y retozar con otros nobles para luego ser invitados a banquetes y bailes.
Mientras tanto la una ves princesa, y ahora reina se miraba todo el día al espejo, se maquillaba y preguntaba si aún era bella. El espejo mentía y mentía, mientras ella veía con envidia y desdén la juventud de las cortesanas y compensaba su amargura adquiriendo más y más piedras, según ella preciosas, que le darían un futuro por si el Rey algún día le llegase a faltar. Se rodeaba de servidumbre, principalmente femenina de menor clase y belleza que ella y así criticar, tener la razón y poderles gritar a placer para poder seguir sintiendose reina.
Los que alguna vez fueron nobles y corrían por los prados con el rey ahora eran adversarios puesto que la reina no podía competir en belleza, juventud o cualquier aspecto que atentara contra la integridad de la Reina. Por lo que una tensa y delgada calma se sentía en las fronteras.
Cómo el Rey ya no sabía en que entretenerse se puso a inventar nuevas fórmulas para administrar las riquezas de tal modo que la reina pudiera tener sus piedritas sin que lo estuviera molestando, y él el producto de los viñedos del pueblo que era ya su único modo de escape a la felicidad. Como parte de sus estrategia se ponía a organizar guerras, que era ya lo único que le entretenía, y como luego no tenía con quién luchar uniformaba a medio pueblo de azul y a la otra mitad de rojo e inventaba un chisme para que se odiaran y luego verlos pelear hasta que nuevamente se aburría y llegaba a apasiguarlos a todos con “la verdad y la justicia” consagrándose como un héroe.
El pueblo se había vuelto más susceptible a la violencia de los juegos del Rey, y él odiado por sus súbditos quienes no tardaron mucho en descifrar su juego, pero que también por su condición de plebeyos, también fácilmente olvidaba la ofensa consagrándolo nuevamente como héroe justiciero en el nuevo torneo bélico.
Como todo en la vida, la aburrición llegó de la rutina, hasta que nada le satisfizo y decidió confinarse en el castillo a contemplar la vida desde la ventana, en un cuarto soleado aislado de cualquier grito y parloteo por parte de cualquiera que ahí habitara.
Por fortuna para estas fechas su descendencia sería la oportunidad de corregir todos sus errores así que esperó para transmitir el mensaje cuando el momento llegara:
– La felicidad, hijo mío regresa con la descendencia, con continuar el noble linaje, ¡ya verás!
Y así, cansado, destinó sus últimas energías a jugar con las promesas de su descendencia, a darles toda la comodidad y entorno para correr por los prados, cazar y llenar las barricas de vino y cortesanas producto de sus guerras, para que por un breve periodo de su vida viva dentro de  un cuento de hadas.
Y así una y otra ves, sólo que con tierras más y más pequeñas.
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